miércoles, 23 de enero de 2019

Y en las piedras, manos

Foto: Marcial Yangali
Sabía que eran voces pero no sabía qué decían. Todas sabían que yo no sabía y se burlaban, eso seguro. Despertaba junto al Río Vilcanota, muy cerca de Machu Picchu.
El turbio caudal golpeaba todo a su paso. A mí me pegaba viajar por mi país y no comprender nada de él. Darme cuenta me golpeaba como a piedra chica, incapaz de oponer resistencia me lanzaba.
Aun con el paso de los siglos, la corriente apenas ha movido las piedras grandes. Su cuerpo liso narra el tiempo. Yo, en cambio, era arrojado cada vez más lejos sin ninguna historia que contar. Cada viaje me perdía y aquel río no dejaba de reír.
***
En Perú, las construcciones incas atraen miles de turistas cada año. El destino más anhelado es Machu Picchu, una ciudad que logró librarse de la destrucción española y conservó los lujos de aquella arquitectura imperial. Y aunque ahora sabemos que su existencia nunca fue un secreto para los peninsulares, no deja de resultarme prodigiosa la sencillez de las causas que le permitieron pasar desapercibida.
Machu Picchu tiene una lógica urbana que no despertó nunca el interés de los proyectos españoles. Ignorada y aislada, no pasó mucho tiempo para que el clima tibio del Valle Sagrado hiciera crecer la vegetación que silenciaría aún más los rumores de su existencia. Entonces las piedras se dedicaron a durar, a conservar la huella humana. La huella precisa y monumental de la esclavitud.
Y es que frente a la belleza no olvidemos la ambición. En la perfección no ignoremos la crueldad. Al tocar las piedras recuerda las manos, las otras manos. Antes de decir “¡maravilla!” imagina la pesadilla de vivir tallando un capricho ajeno.

¿Quién viene? ¿A ver a quién?

Foto: Marcial Yangali
Sucede en todo el mundo: las zonas turísticas se convierten en cápsulas internacionales, refugios frente a lo local. Con el tiempo, la afluencia masiva de extranjeros obligó al poblado de Aguas Calientes –el paso previo a Machu Picchu– a construir un espacio agradable para el turista adinerado. Pero aunque es cierto que las labores de saneamiento y electrificación básicas beneficiaron a muchos, las adecuaciones (sumisiones) culturales crean un ambiente artificial poco disfrutable. Aguas Calientes ya eligió un camino: dejar de ser para imitar una borrosa imagen de “primer mundo”.
Sentado en una mesa junto al río Vilcanota, lamento que mi hamburguesa gourmet con baby pickles jamás llegará a tener sabor andino solo por estar elaborada con carne de alpaca. Reviso la carta y me encuentro que otros platos más locales tienen una cómica descripción en inglés: “crunchy guinea pig served with a home-made sauce and baked organic miniature potatoes with rosemary”. Esta experiencia, que promete un origen totalmente orgánico, tiene un precio que también salta a la vista. Una persona local no está dispuesta a pagar 50 soles (15 dólares) por una comida, especialmente si el tamaño de las porciones no compite con una buena ración casera.
En los restaurantes o calles de Aguas Calientes se evidencia que la curiosidad es una fuerza que mueve al mundo. Inglés es el idioma más usado, pero quienes lo emplean pueden haber venido de cualquier continente. Junto a un grupo de franceses, una familia japonesa, gringos y también algunos turistas nacionales esperé el bus. En aquella Babel me sentía confundido, tanto como cuando escuchaba las voces del río. ¿De dónde soy?
​***
El tramo en bus es la última parte del trayecto. Los curiosos que quieren llegar a Machu Picchu han tenido que atravesar Los Andes peruanos. Si tu camino empieza en Lima, una de las formas más usuales es tomar un avión hacia la ciudad del Cuzco y después recorrer tres horas en tren hasta Aguascalientes. Es un viaje de alturas y de climas contrastantes que la evolución de los medios de transporte no consigue evitar. Si deseas más aventura, puedes recorrer a pie los llamados Caminos del Inca, tardarás cuatro días desde Cuzco.
Cualquiera que sea tu origen, cualesquiera que sean tus ideas previas, nada te preparará para enfrentarte cara a cara con la ciudad de piedra. No hay material documental que tenga el efecto de aplastar tu individualidad y enfrentarte a un entorno paralelo. Te sientes un extraño, sí, pero también sientes una fuerza que te mezcla. Caminas en una ciudad viva: no ves a sus habitantes pero ves la obra de sus manos en perfecto estado, ¡su sistema de acueductos funcionando a la perfección! Como si la ciudad aún esperara ser habitada. Te observa.
Las investigaciones arqueológicas sobre Machu Picchu generan muchas discusiones: cuando, para qué, quienes… Las respuestas han cambiado con el tiempo. Y los que hoy somos visitantes también nos enfrentamos a cuestionamientos ocasionados por la urgencia de ver más. En ese momento un poco de información puede convertirse en una revelación, y la revelación en un ángulo desde dónde se vislumbra este universo.
Foto: Marcial Yangali
No fue uno. Fueron muchos pueblos quienes edificaron sobre esta montaña. Muchas sangres. Y mientras esculpían los encajes, mientras unían piedra con piedra, tenían la certeza de que su obra duraría más allá de sus días. No solo sus opresores pensaban en siglos, los pueblos esclavos también anhelaban que sus descendientes se apropiaran de la obra de sus manos.
Llegados de los cuatro suyos, sufrían la lejanía de sus tierras y de sus familias. Habían sido vencidos por un imperio que parecía invencible. ¿Pero quién acepta un destino que no quiere sin luchar? Y si en la guerra todo está perdido, en las ideas se rompen los límites. Mientras se agotaban las fuerzas, en la mente se esculpía una imagen. Los pueblos imaginaban que eran libres, que eran fuertes y que se apropiaban de lo que tanto les costaba edificar.
Sin saberlo construían un patrimonio humano. Sin verlo vieron, y poco se equivocaron. Hermosa es la imagen de ver a muchos pueblos, distintos, apropiarse de lo que fue de muchas manos, distintas. Hoy, en Machu Picchu coexisten las lenguas.
***
De mañana, mientras desaparece la neblina, se ilumina la ciudad de piedra. Desde el sagrado Huayna Picchu –la montaña contigua– aparece Machu Picchu frente a ti, desplegado como una maqueta. Pequeña, parece indefensa. Te das cuenta que has llegado al punto máximo, has tomado la perspectiva alta. No solo eres un visitante, ya eres un habitante que se detiene a contemplar la tierra sagrada. Durante un instante, breve, dejas de oír las voces fuera de ti. Están dentro y las comprendes. Si las dejas salir, lo harán enunciando tu palabra y podrás escucharte por vez primera.
“Soy quien llega de lejos y lejos se va cuando se despide”, escuché.
Foto: Marcial Yangali

lunes, 19 de noviembre de 2018

La Transición

"Hay que agradecer al cuerpo que el preámbulo para los entrenamientos de un atleta sea el mismo sin importar la disciplina en la cual se especialicen. Hay que agradecer tener compañeros de entrenamiento, y más que eso, amigos con los cuales puedas disfrutar una pasión que sólo seas capaz de explicar y entender con ellos mismos".

El camino de casa a la escuela representa un sinfín de pensamientos para todos los estudiantes, pero siendo honestos, para un estudiante como nosotros, vienen ideas recurrentes sobre con cuales de tus compañeros entrenarás tal día, puede que cambie el número de repeticiones, "espero hacerlas más rápidas" si es que no, porque cuando el deporte te atrapa, no te suelta, no te deja ir, en cuerpo y mente.

Ya situado en ese maravilloso espacio verde alejado de tantos contaminantes que te rodean al caminar, platicas con esas personas igual de locas que tú, a las que antes buscaste asomándote de lejos para saber con quienes te enfrentarías después, conversas mientras te cambias, vas al baño, buscas cualquier pretexto para alargar el tiempo que transcurre en el reloj que de forma irónica pareciera que quiere ir más rápido, no sólo el tuyo, el de todos ¡Malditos sean aquellos relojes!.

Ahora sí, deciden comenzar, velocistas, medio fondistas y fondistas, el único momento donde se olvidan nombres y todos son atletas, donde todos pueden marchar juntos al unísono si es que así lo desean, un trote de calentamiento es el preámbulo para los entrenamientos, y claro que los fondistas podrían avanzar más rápido, los velocistas podrían trotar menos tiempo y los medio fondistas, bueno... los medio fondistas son ese comodín que algunas veces puede hallarse aquí o puede ubicarse allá. Pero todos deciden ir juntos, platicar, chismorrear, secretear o simplemente acompañarse en silencio, bendito sea el necesario calentamiento del cuerpo.

Termina la tertulia deportiva de diez o quince minutos y comienzan los estiramientos y costumbres extrañas, las actividades individuales que estas personas realizan para lograr sentirse confiados antes de empezar, por lo que a partir de ahora puedo mencionar sensaciones personales sobre este bonito deporte llamado atletismo.

Durante este largo proceso individual de ejercicios para el estiramiento de músculos puedes seguir platicando con tus compañeros, puedes ejecutar rutinas parecidas a las de ellos, pero definitivamente no es la misma sensación de armonía de un trote en grupo. Empiezas a sentir nerviosismo, pues sabes ya cual será la actividad de hoy, si no lo sabes es peor, sientes angustia al observar a tus cómplices de entrenamiento, quieren vencerte y buscas hacer lo mismo con ellos.

Te colocas en la línea de salida, a veces, una línea imaginaria o una dibujada por tus tenis o los de estos cómplices de muerte, das el primer paso fuerte y rápido, lo mejor posible después de un "ya", "ahora" o "tres" por decir algunas. Durante la carrera, mientras una de tus piernas rebasa a la opuesta una y otra vez como si entraran al juego en el que estás con tus compañeros, no tienes tiempo de pensar muchas cosas, recordar consejos de tu entrenador es un poco de lo que puedes considerar, bajar los hombros y alzar las rodillas, los más comunes, corregir el braceo. Terminaste la primera repetición. Fácil. La segunda y la tercera hacen creer que hoy no te cansarás extrañamente después de todo ese esfuerzo. Una cuarta repetición te sorprende con un extraño dolor, que si no habías sentido antes pensarás que te lesionaste, difícil de describir, como un calambre muchos dicen, pero no lo es. Sabes que la quinta repetición dolerá, después de esa sensación tras una cuarta, pero la terminas y el dolor se intensifica, además piensas que sólo falta una, al menos esa ha sido una manera de desviar esa concentración en el dolor para este corredor. Antes de comenzar la parte final de tu actividad favorita que por el momento odias y piensas en no volver a realizarla al siguiente día o nunca más, la última repetición, esa sensación difícil de describir comienza a invadir la otra pierna, a veces la espalda, a veces un hombro o un brazo, un glúteo, pero ya acabaste, te repites que esa última serie no la sentirás (siempre la sientes).

Todo terminó. Te tiras al piso y llega a tu cuerpo esa sensación que tanto odias y disfrutas a la vez, piensas que nunca va a acabar y al mismo tiempo sabes que siempre termina, pero también parece que ese tiempo que corre en el reloj te vuelve a traicionar y comienza a estirar los segundos de sufrimiento (así es, ese reloj siempre parece ser tu enemigo). Para explicar ese dolor, tendría que hacer una encuesta de la cual saldrían resultados adversos al cumplimiento de su objetivo, pues tendría muchas explicaciones diferentes descritas por mis compañeros, así que lo resumiré de manera banal como un ardor profundo, con un toque de dolor y entumecimiento duradero en los músculos.

Puedo decir que este tipo de dolor lo sufres durante 3 o 4 días por semana cuando eres un medio fondista y también corres una prueba de velocidad (dependiendo de cada entrenador), siendo repetitivos, sabes que cada entrenamiento, algunas veces durante, y siempre después, sentirás ese dolor, en femorales o cuadríceps, en los glúteos, en la espalda baja, en el pecho, en bíceps o tríceps, en el cachete e incluso los ojos o la cabeza. Esa sensación se repite  y también puede ser maximizada al término de una competencia. Terminar lactado es como se le dice en el argot atleta.

Entrenas tanto tiempo, con tanta dedicación y esfuerzo, como si tu vida dependiera de ello, que a veces por más que luches y luches por ser mejor, no te das cuenta que necesitas un cambio, tal vez tus músculos no rinden igual que antes, a lo mejor el tipo de entrenamiento no esté funcionando, quizá necesitas tomar un descanso o puede ser que simplemente tienes que dejarlo, pero no, repasas qué no has intentado... y tomas una decisión, es tiempo de olvidar los entrenamientos para velocistas, es hora de dejar de luchar por algo en lo que no puedes rendir en este momento, comienza la vida de un mediofondista.

Fotografía: Kenet fp


Un mediofondista hecho y derecho, porque aunque ya eras conocido así, tus pruebas no respaldaban el nombre por completo, tienes que alargar tu tiempo de entrenamiento, no más trotes cortos, no más trotes lentos, adiós a las pocas repeticiones pero "rápidas". Abrir tus horizontes hacia algo que te da miedo es difícil, había sido complicado imaginarlo, pero convertirlo en un hecho es peor aún. Los dolores cambian un poco y los pensamientos también, ahora tienes suficiente tiempo para checar tu reloj cada que das una vuelta, cada que pasas un kilómetro. Si "mal" te va con un entrenamiento demasiado largo, te transportas y te hundes en reflexiones, piensas que faltan 5 vueltas para acabar al cruzar esa línea imaginaria tras una primer rotación alrededor de ese óvalo de 8 carriles, entonces el tiempo y la distancia te dejan de importar, solo te escuchas, cada paso uno tras otro, piensas que vas lento, te concentras en otras cosas, lo que hiciste ayer, te preguntas por qué tu novia te dejó, imaginas como te sentirías o si cambiarías tu personalidad si llegaras a ser atleta profesional por decir algunas, te cuestionas sobre tu vida en general, y te das cuenta que pasaste cuatro vueltas pensando en todo esto, qué bueno, no queda mucho trabajo por hacer, después de esa última vez que gires en torno a esa pista seguirán dos vueltas más de trote de descanso, y luego, repetir todo aquello otras dos veces, dieciséis giros más tangente a ese círculo deforme, concentrado, porque nunca te quitas de la cabeza que esto lo haces porque necesitas ser el mejor.

No puedo decir más sobre lo que implica ser un mediofondista, tampoco puedo decir que son todas las sensaciones que se tienen pues estoy comenzando esta nueva etapa, no puedo asegurar que los velocistas se aquejen del mismo dolor y con la misma intensidad que yo sentí, tampoco puedo excluir los pensamientos y efectos que causan los entrenamientos para unos y otros, rápidos o resistentes, no puedo saber qué siente y piensa un fondista al correr, y finalmente, no soy alguien particularmente importante para describir todo esto como si hablara por mis compañeros y los que no los son pero aman este deporte.

Solo soy un aficionado que quiere llegar lejos y compartir una pequeña parte de lo que más le gusta hacer en la vida.

 Mario Morales

De Vialidad

Breve comentario sobre la vialidad en la Ciudad de México, con énfasis en los tres grupos involucrados

Jueves por la noche, ya casi es medianoche. Salimos de cenar y nos disponemos a realizar el maratónico regreso hasta tierras norteñas. Andamos por el Circuito Bicentenario, una de las pocas vialidades que aún permiten circular a ochenta kilómetros por hora, y, cercana la media noche los audaces conductores no dudan en rozar el límite y excederlo donde no hay cámaras. Desde su arreglo hace algunos años, se instauró, como en Periférico, un reglamento particular señalizado en casi cualquier entrada de lateral a carriles centrales; dichas normas prohíben camiones de carga, bicicletas y motocicletas pequeñas. A pesar de ello nos encontramos con una caravana de ciclistas circulando en el carril de extrema derecha… de los carriles centrales.

   Andaban desperdigados, había segmentos con diez ciclistas juntos y otros con uno cada quinientos metros. Algunos andaban sin luces y los más gallardos sin cascos. Se veían contentos y entusiasmados, en el carril contiguo los autos poco se inmutaban y apenas reducían su velocidad a sesenta o setenta kilómetros por hora, los autobuses pasaban a escasa distancia de ellos. Los autos que se incorporaban a los carriles centrales y no se percataban de la caravana se veían en la necesidad de frenar su velocidad de golpe. Entonces un ciclista nos intenta avisar cuando es seguro rebasarlo, por supuesto lo hace mal y por supuesto que lo ignoramos. Comienzo a gritarles que salgan a la lateral, les digo que es más seguro, por no decir legal. Algunos se molestan y en su mayoría lo toman como un insulto o una ofensa. Una camioneta parece unirse a ellos y también nos reclama, sencillamente no logro entenderlo.

   Hay peligro por todos lados y las posibilidades de que aquello salga mal para cualquiera de los involucrados son altas. Comienzan a cruzar por mi mente mil ideas: un auto se frena de repente y otro lo choca; un ciclista gira de golpe el volante y termina en el carril contiguo; un ciclista choca contra un bache (de esos que hay de sobra en el carril derecho); un conductor a toda velocidad arrolla a un ciclista… La lista de posibles tragedias es interminable, y todas ellas pudiéndose prevenir. Basta con no ir a alta velocidad, basta con respetar al ciclista y darle el metro y medio de separación, basta con no conducir camiones y vehículos de carga en vialidades donde lo tienen prohibido, basta con no andar en bicicleta donde está prohibido…


Miércoles por la mañana, cercanas las nueve de la mañana atravieso la ciudad montado en bicicleta. Ando por calles secundarias, aún tengo miedo de utilizar avenida Universidad o División del Norte. Hasta ahora es un viaje tranquilo, incluso he cruzado Río Churubusco, donde nace el Eje Central, con calma, ya en Coyoacán comienza la aventura. A pesar de contar con carriles exclusivos para ciclistas, andar por ellos es toda una odisea. Parecen no tener un sentido, y más de una vez tengo que abandonar la seguridad del carril verde pues otro ciclista o un triciclo se aproximan en dirección opuesta. A la altura del mercado hay uno tras otro auto estacionado en segunda fila, obstruyendo nuestro, entrecomillado, carril, nuevamente me veo en la necesidad de salir del carril una y otra vez, en alguno de los cambios algún conductor me pita. Ya alguna vez algún aventurado me ha lanzado el carro o se ha estacionado justo enfrente de mí, obligándome a frenar.

   Llegó a mi prepa y afortunadamente ya puedo estacionar dentro. En el camino de regreso las aventuras prosiguen, esta vez sobre Isabel La Católica me enfrento a baches capaces de tirarme de la bicicleta, al esquivarlos tengo que cuidar no acercarme mucho a los carros estacionados o a los que se encuentran en movimiento. Más de una vez un microbús me adelanta unos metros para después impedirme el paso pues alguien está por subir o bajar. Me veo obligado a subirme momentáneamente a la banqueta, donde por supuesto soy mal visto y recibo alguna que otra queja; me bajo inmediatamente. A tramos también hay carril exclusivo para ciclistas y el alivio llega rápidamente pues al menos los autos no se te pegan a medio metro para después “regresar” a su posición original. Algunos de ellos me rebasan a alta velocidad y lo único que puedo hacer es mantener firme el volante, ya he visto algunos ciclistas con menor experiencia tambalearse después de ver pasar un auto a toda velocidad.

   Debo cuidarme de mil y un cosas que en circunstancias normales no tendría que hacerlo. Incluso de peatones que consideran que cruzarse frente a un ciclista no representa ningún riesgo, obligándote a frenar; aquí y allá hay peligro, si no es un auto, es un camión u otro ciclista o para colmo un peatón, tengo que llevar doble cadena y el casco me brinda la mínima seguridad. Nuevamente bastaría con seguir el carril, dar el metro y medio de distancia recomendado, bastaría con no aventarles el carro a los ciclistas y también sería suficiente con no estacionarse en los carriles para ciclistas, bastaría con seguir las reglas…


Sábado por la tarde, camino por las calles de Polanco. El gran camellón de Horacio es fantástico para pasear en pareja si no se quiere gastar en cosas que no se encontrarán ahí. Llegando a Molière la cantidad de personas aumenta drásticamente en el crucero, claro sin siquiera emular el cruce de Madero y Eje Central, todos se congregan y comienzan a verse ansiosos o y con desesperación por la larga duración del semáforo. Entonces algún atrevido aprovecha que los carros se han reducido su velocidad considerablemente, dicho acto incita a los demás a unírsele y termina siendo un circo de personas cruzando entre autos y reclamando pues ya se ha puesto en verde su semáforo. Algunas mentadas de madre se escuchan de unos y otros, al final todos cruzan y se olvida el incidente.

   Observo de reojo el puente peatonal y me niego a utilizarlo, total hay cruce con semáforo para los automovilistas debajo, sólo tengo que ser paciente. Después de esperar, cruzo la primera mitad de la calle sin problema alguno al llegar a la otra mitad tengo que atravesar con cuidado pues hay autos dando la vuelta y algunos de ellos ni siquiera han notado mi presencia. Al concluir el cruce camino por tranquilidad por la banqueta, algunos metros más adelante hay un árbol sin podar que me obliga a bajar a la calle y continuar mi trayecto esquivando otros peatones que nos pegamos lo más que podemos al auto estacionado para así dejar pasar al ciclista y al autobús. Al arribar a mi destino, cruzo la calle a la mitad, poco hago por llegar a la esquina o esperar el alto, solamente espero a que la distancia entre el próximo auto sea la suficiente para cruzar corriendo, así lo hacen otros dos sujetos a mi lado.

   Concluyo la semana con la increíble cantidad de setenta y ocho mentadas de auto por parte de automovilistas y ciclistas, poco más de diez sobresaltos por la cercanía que tuve a algún accidente o percance. Mas, es una semana más, la siguiente vez tocará correr para alcanzar a subirse al transporte, o tratar de evitar a los coches y a los carteristas en un crucero lleno de gente. Podría ser mejor, podrían las banquetas ser aptas para andar y basta con andar por ellas y respetar las cebras y los semáforos. Bastaría con no imponerse con el auto y dejar al peatón cruzar con comodidad, bastaría con no utilizar la bicicleta en las banquetas, bastaría con utilizar los puentes peatonales…

Bastaría con una mejor cultura vial.
Basta con respetar y seguir las reglas.
Basto un accidente para que alguien las siguiera.

Lord Bastian Marek

domingo, 4 de noviembre de 2018

El frío que nos rodea


En Perú no hay atletas con gloria

Un semidiós en la combi
Acabo de tener el privilegio de saludar a Raúl Pacheco durante un viaje en combi en la ciudad de Huancayo, en el centro andino del Perú. El fondista peruano acababa de recoger a su hijo de la escuela y ambos vestían uniformes deportivos. Nos trasladábamos al distrito de Chilca, donde vive, donde creció y donde atesora sus medallas, que de cuando en cuando muestra a los periodistas.
En la Antigua Grecia se acostumbraba a recibir con honores a los atletas que regresaban de las Olimpiadas. Eran tratados como héroes, o incluso semidioses, al grado de que algunos podían vivir por el resto de sus vidas de los regalos que recibían. Esos años han quedado atrás o no han llegado a Huancayo.
En el Perú de estos días, muchos mortales no comprenden el honor que significa tener a un atleta olímpico sentado junto a ellos. Es probable que muchos de los pasajeros no supieran siquiera quién es Raúl Pacheco hasta que lo saludé desde el otro extremo de la combi.
   Raúl ¿cómo estás? Soy un gran admirador tuyo –exclamé sin ocultar mi emoción.
   Hola –dice con voz apenas audible y rostro sorprendido.
   Excelente desempeño en Río. Y, por cierto, estuve en México cuando ganaste.
   ¿En qué año? –alcanza a preguntar.
   En 2013 y 2014, aunque sólo pude ir a verte la segunda vez. Impresionante aquel cierre.
   Muchas gracias –ríe pero no a carcajadas– fue buena la competencia.
Raúl Pacheco acomoda su delgada figura en el respaldar del conductor. Apenas queda un estrecho lugar, pero se las ingenia para subir a su hijo pequeño sobre sus piernas.
Como casi siempre que corre o recibe medallas, trae una gorra blanca. Paradójicamente, su rostro siempre está totalmente seco y quemado, como la mayoría de sus paisanos que trabajan bajo el sol y el frío de los Andes. Se me ocurre que la función de la gorra es soslayar las miradas más que protegerse del mediodía serrano. Se me ocurre que no es necesario, pues a pesar de mi indiscreto saludo, nadie ha celebrado la compañía del semidiós. Nadie voltea siquiera.
Campeón en México, dos veces seguidas
Raúl no llega al 1.70 y pesa menos de 60 kilos. Quizá por ello su holgado uniforme no parece ocultar a un atleta legendario. Pero yo lo vi terminar de correr 42.2 kilómetros en dos horas y 18 minutos. Lo vi hacer de las suyas, por segunda vez consecutiva, en la Maratón Internacional de la Ciudad de México en 2014.
El último kilómetro y medio decidió el triunfo del peruano. Después de dos horas corriendo sobre asfalto mojado minado con charcos, el Estadio Olímpico Universitario apareció a un lado de la avenida Insurgentes. Cuatro atletas se disputaban la delantera al pasar junto a la estación de metrobús Doctor Gálvez. Pocos metros después empezó la subida en la que el peruano decidió acelerar.
Le resultó la estrategia y se colocó delante de los tres africanos (dos etíopes y un keniano). Al pasar junto a ellos se descubrió como el más pequeño de los punteros. Además, se diferenciaba por su estilo peculiar para correr: los brazos, exageradamente extendidos y separados del torso, parecían cumplir la función de dos remos maltrechos. Quienes consideraban que es un error técnico gravísimo, ese día tuvieron la oportunidad de irse un poco al carajo.
Aumentar el ritmo durante el ascenso le permitió una ventaja de 30 metros. Misma que mantuvo con coraje hasta que entró al estacionamiento del estadio. A pocos metros antes de la entrada una señal mal interpretada de un fotógrafo lo hizo desviarse. Estuvo a nada de perder su primer lugar de no ser por un último esfuerzo que lo arrojó al interior de la pista de tartán con una ligera ventaja de 10 metros.
El tramo restante fue puro suspenso. Los africanos daban zancadas cada vez más largas y rápidas, luciendo un cierre perfecto como de costumbre. Raúl, en cambio, se veía un poco descontrolado, con cada paso empezaba a sacudir la cabeza como diciendo sí. En su ansiedad volteó varias veces para ver cómo sus compañeros acortaban la distancia.
La última vez que miró hacia atrás fue para convencerse de su victoria. Levantó los brazos y cruzó la meta. Dos segundos después llegó el etíope Abhra Milaw y casi junto a él el keniano Kenneth Mungara. Raúl saludó a Abhra y caminó unos pocos metros antes de inclinarse para vomitar.
El frío en Huancayo es frío de verdad
Es un día nublado, hoy que saludé a Raúl Pacheco en la combi. El cielo gris es idéntico al que lo acompañó durante la maratón de México. Pero el frío en Huancayo es mucho más crudo. A más de tres mil 200 metros sobre el nivel del mar, las heladas matutinas son capaces de quemar miles de hectáreas de maíz. Allí entrena Raúl y su entrenador es Rodolfo Gómez Orozco.
Rodolfo es mexicano y un maratonista de gran trayectoria. Lo vi varias veces en el estadio Huancayo sumergido en una gruesa chamarra. Aunque siempre luce enojado, parece que ha logrado una excelente relación con su grupo de atletas. No puedo asegurar el motivo de su aparente mal humor, pero puedo decir que el clima no ayuda.
Las veces que entrenaba cerca de su equipo de élite no pude evitar preguntarme qué es lo que más extrañaba un chilango en las montañas andinas. Nació en una ciudad de casi diez millones de habitantes y ahora vive en una que no llega ni al medio millón. He vivido en ambos lugares y me atrevo a decir que en ambos casos la gente se parece a su clima.
En la Ciudad de México por lo general las mañanas son frías pero casi siempre hay lugar para un medio día caluroso y un atardecer tibio aunque en ocasiones lluvioso. El ánimo de quien habita esta urbe es tan variado como la temperatura que se registra. A veces alegre a veces gruñón, pero no hay mal día para una broma, una pachanga o un simple albur.
En Huancayo el frío es inalterable. Si te expones al sol del mediodía corres un gran riesgo de quemarte la piel. Pero basta una sombra para hacerte tiritar. El frío es seco, es crudo. Las personas conservan una mirada triste y un ánimo áspero. Atentos a cualquier viveza de sus paisanos, jamás bajan la guardia aunque frecuentemente la mirada. Asolados por grandes periodos de violencia armada, la gente es fría y su confianza casi impenetrable.
Sin embargo, el peruano Raúl Pacheco parece haber congeniado con el mexicano Rodolfo Gómez de tal forma que no desaprovecha oportunidades para darle las gracias públicamente. En la primera entrevista que dio después de ganar la maratón de México en 2014 le agradeció dos veces por el trabajo que realiza en territorio andino.
Sin duda, para Rodolfo Gómez la segunda victoria de su atleta es un gran paso. Él mismo ganó esa competencia en 1987 y ahora Raúl logra esa presea por segunda vez consecutiva. Los medios mexicanos no dejaron de mencionar la victoria histórica del peruano en todo el día. En Perú se da la noticia como de costumbre, pero no hay fiesta. En Huancayo es probable que se enteren algunos.
Pero después de unos años es como si no hubiera pasado nada. En la combi nadie se inmutó. Y aunque pensé que podía ser por desconocimiento, luego entendí que en Perú no hay atletas con gloria.
Tuve que bajar de la combi. Hace cuatro años inauguraron un museo en el distrito de Chilca y no pienso regresar a México sin conocerlo. Raúl, que desde niño ha vivido cerca de aquí, amablemente me indica en qué calle bajar y hacia dónde caminar. En ese momento me doy cuenta de que no tengo nada. No tengo forma de rendirle honores. Pagar su pasaje fue una acción mínima pero mi lealtad quedó tácitamente jurada.
El museo se llama Yalpana Wasi (nombre en quechua) o "Lugar De La Memoria". Recuerda la violencia política que vivió el Perú, sobre todo la zona andina, durante los años 80 y 90. Es un edificio elegante de seis pisos que tardó dos horas en recorrer. Cosa extraña: soy la única persona durante todo el recorrido.
Me preocupa Huancayo, la ciudad en la que crecí gran parte de mi niñez. Me da miedo que el frío en la mirada de la gente se transforme en una barrera contra la memoria. A juzgar por lo que vi hoy, el hielo divisor se endurece con los años. Alguien tiene que alertar a la gente que perder el calor y la memoria es lo mismo perder la vida. El frío, como la chingada en México, amenaza con llevarse a cualquiera.

lunes, 15 de octubre de 2018

Corazón



El corazón late con fuerza, a veces por ansiedad, a veces por deseo, a veces por tristeza pero late, a veces se sale del pecho, quisiera escaparse y refugiarse en el rincón más seguro, en la más alegre y profunda de las canciones que hay en el mundo. Está desesperado por sentir, por dejar de sufrir, por encontrar el camino, ese espacio en el que el latir signifique un tranquilo equilibrio y no un despojo, no un impulso de locura, no un arrebato de tristeza, de desesperanza. 

Pese a que la mente no lo esté, el corazón está listo para volver a ser acariciado, para tener la certeza de que todo está bien, de que no lo van a lastimar; está cansado del cambio, de las frecuencias altas y también de las muy bajas. Quiere querer, amar, desear con seguridad, con libertad. 



lunes, 8 de octubre de 2018

Rutina de un día cualquiera

La siguiente crónica no representa algún personaje o personajes en particular y cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia.

La peor sensación del mundo es despertarse sin sentir reparo, por una parte, carcomido por los sueños inquietantes de esa noche, y por otra, debido a las mil vueltas que le das a la cama cambiando de postura formulando elucubraciones; primero boca abajo (en realidad la cara siempre está recostada hacia un lado a menos que te guste la sensación de estar muriendo asfixiado), que es la favorita para muchos de nosotros al intentar entrar al mundo de los sueños (sabes que será una larga noche si pasaste por ésta dos veces y no logras el objetivo). Después, recostado sobre tu brazo derecho con las piernas cruzadas o con un cojín entre ellas, según recomendaciones del quiropráctico. La tercera, una de las más reparadoras, aunque más difícil para lograr conciliar el sueño (como opinión personal), boca arriba con los brazos cruzados por el frente del tronco y las manos en las costillas, o con el fin de una mayor comodidad para pensar, con las manos detrás de la cabeza y los dedos entrecruzados imaginando que no existe ese techo blanco y tal vez transportándote a un típico paisaje debajo de un árbol, recostado sobre el pasto viendo las estrellas (de cualquier manera sabes que será una larga noche). Por último, parecido a la segunda postura, pero ahora recostado sobre tu brazo izquierdo. Repites una segunda ocasión las mismas posturas avanzando en tiempo y forma con el reloj, el cual observas también al empezar cada una de las posiciones para saber cuanto tiempo puedes dormir aún, al comenzar, cada minuto, después de una vuelta completa a todas las posiciones, cada cinco y te atormentas cuando ves cada diez y te das cuenta que ya pasó una hora aproximadamente. Crees que te quedaste dormido pero no lo sabes; tienes la sensación de que seguiste dando vueltas sobre lo ancho de la cama, de posición en posición, miras el reloj -3 a.m.- y quedas con la misma incertidumbre de saber si acabas de despertar o el tiempo vuela de noche. Despiertas de nuevo -4:30 a.m.- y piensas que ahora si dormiste, es imposible estar despierto tanto tiempo, pero no sabes si soñaste o si seguías consciente visualizando con los ojos cerrados tantas cosas hasta ahora. Vuelves a despertar -6:00 a.m.- es una hora considerable para despertar, sabes que no puedes hacer más intentos por descansar y es así que comienza el ciclo.


Te paras sin ganas de levantarte, vas al baño, regresas a posarte sobre la cama, miras todo a tu alrededor sin saber qué es lo que sigue, sin decidir cual es el próximo paso como si fuera la primera vez que lo haces, te bañas si eres de esas personas que disfrutan comenzar el día así, si no, lo pospones hasta la noche, de cualquier manera el siguiente paso es cambiarse, darle de desayunar y pasear con el que consideras tu único mejor amigo, desayunar, preparar la mochila, tender la cama y salir, en diferente orden, con algunas variaciones, pero siempre la misma rutina mañanera antes de abandonar el hogar.

Entonces es aquí cuando empieza la revolución mental que desequilibra las emociones y surgen pensamientos que desearías no haber comenzado. ¿Por qué sucedió así? ¿Es a caso que pasó algo malo y jamás me di cuenta? ¿Fui una persona malvada?, afortunadamente te enfrentas con la señorita que vende boletos (si es que se da el caso), accedes al andén o subes al camión y empieza la usual y no deseada pero, al final, salvadora interacción con personas que te acompañarán parcialmente durante el trayecto hasta tu destino, y es así que tu mente se tranquiliza o trata de hacerlo, algunos instantes, lo que sea es bueno.

Estás donde deseas o tienes que estar, para eso te desplazaste treinta minutos, una, dos o tres horas hasta aquí, escuela, entrenamiento, trabajo, dos de ellas o las tres, sientes que estás bien, pero llega de nuevo la revolución mental, esta vez más fuerte pues sientes a la persona, casi como si estuviera parada junto a ti, haciendo lo que les gusta o acompañándose en ciertas labores, y empiezan los buenos recuerdos, los recuerdos simples -estaría a mi lado- , -pensaría esto o aquello-, - le daría risa tal o cual cosa-, y te pierdes en tus propios pensamientos como si nada mas allá existiera, como si esa fuera la realidad, quisieras que fuera la realidad, tú realidad. -"Wey", te estoy hablando-, y vuelves a la realidad de los demás, a la de todos, de la que por lo menos alguna vez cuestionas que lo sea.

Después te concentras en el trabajo, el entrenamiento o la escuela, y luchas, por ser el mejor de todos, por ser mejor que otras personas, por ser mejor que tú, por ser mejor que tu mejor versión, no por demostrar a los demás, ¿O también por eso?, para demostrarte a ti mismo que puedes, para olvidar, para dejar de pensar y sentir, para avanzar, sencillamente para ser alguien mejor.

El tiempo pasa y te quedas sin quehaceres durante el día, quieres pero no tienes ganas de salir, tus amigos están ocupados de todas formas, y ahí se presenta sin querer, sin poder evitarlo, el "vómito de tristeza", te escondes, quieres mostrarte feliz a la gente, no de esta manera, sin embargo, necesitas también que alguien te escuche, alguien que te abrace, simplemente alguien que te vea, sin mayor exigencia, no quieres más consejos, los conoces todos y sabes lo que tienes qué hacer, todos hemos pasado por esto, pero es inevitable, el amor y el desamor son sentimientos que te vuelven irracional, sabes pero no quieres, quieres pero no se puede, puedes pero no te dejas y sientes que estás perdido, quisieras huir de todo, nada tiene sentido, todo sería más fácil si te fueras a vivir a tal lugar.

Emprendes el camino de regreso, ves una pareja platicando, algunas discutiendo, y muchas más sonriendo y te viene a la mente aquel ser, no lo puedes evitar, sientes cosquillas, pero no del tipo de las mariposas, más bien dolor, un pequeño dolor punzante como un cólico; estás cansado, dejas de pensar, lees, te duermes, miras el celular, observas a la gente, vuelves a dormir, ya no piensas en nada, solo un poco, de repente recuerdas, sientes nostalgia pero ha sido un día largo y difícil, y un poco agobiado, pero más tranquilo, te preguntas ¿Es una etapa de la vida? ¿He vivido demasiado bien y por lo mismo no busco mas allá la felicidad o estoy mal por no querer lo mismo que esa persona? ¿Me llegará a pasar también en algún momento?, la verdad, no entiendo nada.


Un buen día, sin esperar que sucediera, te ilumina un pequeño rayo de luz, recuerdas quien eres y lo que vales, te das cuenta, has estado sufriendo mientras esa persona especial se divierte, no tiene la culpa de hacerlo, es lo que quiere, es feliz, entonces piensas ¿Merezco esto? ¿Por qué no hago lo mismo? ¿Por qué seguir pensando en ello?, y el rencor te empieza a dominar, -me abandonó-, -me cambió-, -lo que sea, está disfrutando- y a pesar de quererlo mucho, a pesar de pensar que con esta persona apostabas tu vida, se acabó.

Al final te preguntas, ¿Se arrepentirá? ¿Se dará cuenta en algún momento? ¿Será tan feliz?, ya no importa mucho, te duele pensar en ella o en él, te duele pensar con coraje, sabes que estas cosas pasan, y siempre hay uno que sale perdiendo, es obvio, es una relación de dos, ¿Valdrá la pena entregarse a alguien más después de todo?, claro, piensas, seguramente alguna persona lo valorará, pero ¿Y si regresa? ¿Serías capaz de volver con alguien que sea tan indiferente con, y hasta parezca disfrutar tu sufrimiento?, no, ni loco lo haría, dudas.

Y vuelves a recostarte en tu cama dando vueltas, esperando que el siguiente día sea mejor, quizá llegue a ser otro buen día, aunque sabes también que puede ser peor...

La peor sensación del mundo es despertarse sin sentir reparo... y cada amanecer y anochecer sabes que aquel ciclo y aquella sombra que acompaña a la tuya durante todo el día se irán desvaneciendo...

Por Mario Morales
  

jueves, 27 de septiembre de 2018

Misa

Por Sebastián Morales, texto perteneciente a la colección "Crónicas de un Ateo".

Faltan unos minutos para que comience la ceremonia, comienzan a llenarse las filas de personas con grandes abrigos. Se preguntan con rapidez si pueden ocupar ese o aquel lugar, miran sus celulares por lo que yo asumo, será la última vez y conversan a medio tono sobre el recinto y sobre lo bello que pueden ser los acabados de mármol. Hoy se congregaron en esa iglesia ajena, pero más céntrica, antigua y lujosa, a agradecer a Dios por haber concluido sus estudios, un conjunto de estudiantes de arquitectura a punto de graduarse; mi hermana es la que se gradúa. 

   Aparece en escena el virtuoso de la palabra de Dios, el sacrosanto padre. Y aunque a las últimas dos misas que asistí los clérigos parecían estar en una audición para Stand-Up, el que preside la ceremonia de hoy no parece tener edad para andar contando chistes sobre los actos de bondad de Cristo. Ataviado en la vestimenta clásica de un padre cubre su cuerpo en una toga verde acorde a los manteles de la mesa en el altar, quizá sea coincidencia la coincidencia. Su voz es poco audible; en cuanto comienza a hablar las mujeres con mayor edad comienzan a regocijarse y a llamar a gritos callados a una chica que distribuye el plan de misa, esperan tener la oportunidad de pasar al frente a leer en voz alta para los demás, por un momento recuerdo mis clases de preparatoria cuando la participación era criterio de evaluación. 

   Transcurren con calma los primeros minutos, mi atención es total. Comienza con las palabras de siempre, invitación a los no (tan) creyentes a asistir a misa y reencontrarse con su fe; poco sé de regresos a la religión; hasta ahora a mi corta edad no me he dado el privilegio de regresar a mis creencias o de elegir nuevas. De a poco, prosigue a explicarnos la razón por la cual nos hemos reunido: agradecer a Dios por el termino de una carrera, comienzo a reír un poco (en silencio y en mi mente), pues después de agradecer a todos los entes angélicos, el sagrado realiza la invitación a agradecer a padres, hermanos, profesores, padrinos, tíos… A todo aquel que haya ayudado al joven en cuestión. Honestamente creo que el orden debería ser al revés, primero agradecerles a quienes hicieron todo lo humanamente (en sentido literal) posible por no sólo ayudar, guiar y acompañar al chico a cumplir una meta tan complicada, y luego agradecerle a quien lo sabe todo y por lo tanto debería saber que estás agradecido con él. 

   Ha iniciado el rito de coreografiar la danza a tres pasos: sentados, de pie y de rodillas. Por lo que la curiosidad me gana y volteo a ver cómo realizan mis compañeros de misa la ardua labor de arrodillarse y pararse después de rezar en murmullos indescriptibles pero que se antojan entender. Mas, las decepciones vienen de la curiosidad: hay por lo menos tres pantallas encendidas y la más cercana (y la única que alcanzo a distinguir) muestra las publicaciones de Facebook de las amigas de aquella chica treintañera que tan bien vestida asistió a misa. 

   Nos encontramos de pie y varios de los que dibujaban tres cruces con sus dedos sobre su cuerpo no paran de revisar frenéticamente su celular, parecen peor que estudiantes de secundaria. Algunos hasta recurren a sus lentes de vista cansada para poder leer la importante publicación de aquella revista de autos. Nuestro clérigo prosigue su discurso, ahora comienza a leer pasajes del Nuevo Testamento y algunas afortunadas pasan a leer ante un micrófono mostrándonos su poca dicción. En este punto me sorprende el movimiento repetitivo de cabezas de atrás hacia adelante cuando se pregona alguna respuesta que brindó el profeta hijo de Dios, Jesucristo. Y sin dudarlo comienza la rutina de Stand-Up que más que hacer reír a los creyentes los hace enojar o dudar sobre sus acciones. Los regaños comienzan sobre el alumnado, vienen acompañados de consejos de ética y moral sobre como laborar cuando salgan “al mundo”, ya sé que dirán que eso no es regaño, pero algunos parecían ofendidos cuando se les dice que deberían de rezar con más constancia y referirse a Dios en todo lo que hagan. La rutina cae en el síndrome de repetir el punchline hasta que deje de ser tan gracioso, pues después del alumnado llega a los padres. A ellos, el padre, demanda y exige orienten con mayor fervor a sus hijos a los caminos de la fe y la religión. Mientras tanto, son pocos los que no muestran rostros largos o apretujados por lo que para ellos es una verdad que nunca tratarán de cambiar. 

Misa
Foro: Google
   Rezan y rezan entre cada segmento de la misa, cada segmento acompañado de dos o tres pasos de la danza. Sabrán que hay rezos que son preguntas, a las cuales hemos de responder los asistentes. Obviamente no soy tan hipócrita como los adictos al celular como para realizar la danza completa o intentar responder con: ‘amén’, ‘sea la gracia del señor’… A todo eso que ignoro y que además no creo. Sin embargo, algunos de los asistentes se toman muy en serio las respuestas y las acompañan con cruces en la frente a cada una. Dichas acciones comienzan a causar cierta risa, porque pareciera que la cruz tiene un quinto punto en el celular o en el reloj para ver cuánto le falta o si alguien ya publicó algo nuevo. 

   Llega, a mi parecer, uno de los mejores momentos que tienen las misas: dar la paz. La competencia se encarniza y todos quieren estrechar más y más manos, sus familiares no bastan; tal es que empiezan a mirarte y finalmente accedes a estrechar la mano de unos cuantos desconocidos diciendo en todo momento: “La paz sea contigo”. Algunos con más convicción dejan sus lugares y caminan una o dos filas para estrechar la mano de ese otro fulano y unos incluso con más amor al acto acompañan el apretón de manos con frondosos abrazos y sonrisas enrojecidas por el calor que se ha ido acumulando en el recinto y que ahora con tanto movimiento comienza a circular. Ahora que escribo me pregunto si es antes o después el recreo, pero bueno, supongamos que es después, seguramente si se han ofendido en demasía no habrán llegado tan lejos. Después de tanto movimiento y agradecimiento, después de tanta paz proclamada y adueñada hay un momento de calma con otro rezo y entonces, finalmente llega el recreo. 

  Tal como en la primaria, la disputa por salir primero al patio a comer y correr, comienzan las disputas por salir de los reclinatorios a correr y comer. Se llama a los asistentes a compartir el cuerpo de Cristo y con rapidez la fila comienza a crecer a un paso, diría yo exponencial con límite en el número de asistentes. Mientras los no tan apetitosos tenemos un rato para estirar las piernas y conversar sobre lo que ha acaecido en el templo de Dios, teniendo cuidado en pronunciarlo con mayúscula. Así que comienzan los momentos en los que afirman que si no soy creyente es porque estudio Física… Algún día en otra crónica hablaré más del tema. También me comentan sobre si creo en la religión de Star Wars, les digo que no, que no me gustan sus fundamentos, también en otra ocasión trataré de hablar más a profundidad de ello. Después de varios minutos la fila comienza a decrecer y de a poco las filas se vuelven a llenar de gente. Satisfechos con su pan de cada día, rezamos, uno de los pocos que sí conozco: el padre nuestro. Finalmente concluye el recreo y regresamos a las actividades diarias. 

   Recaudación de fondos por parte de la cooperativa, siguiendo las analogías con la primaria y secundaria. Hábiles creyentes y contribuyentes a la iglesia comienzan a desfilar con canastas recubiertas de imitación terciopelo; recorren fila a fila, persona a persona, acto seguido las personas comienzan a sacar la morralla y los billetes de baja denominación para depositarlos en tan relucientes contenedores, en general en cuanto comienza la procesión de los cobradores comienza el acto de buscar el dinero en los bolsillos del pantalón o en el compartimiento de la cartera. Eventualmente y después de muchos rodeos, cubren la totalidad de asistentes e incluso pasan dos veces por el mismo lugar por si alguien con amnesia recurre en aportar la quinta parte de su sueldo. Ya con las canastas llenas con monedas de a cinco (porque sí dejan morralla pero tampoco de a peso porque el de al lado puede ver la cooperación) van al altar se hincan, rezan, y depositan todo el dinero en una gran urna cerrada que nos impide ver si hemos cumplido con la meta establecida. 

   Termina la misa y los asistentes por fin pueden comenzar a sacar sus celulares sin culpa y a tomarse fotos en el altar, y claro comienzan a dialogar sobre el pachangón que se avecina. El padre agradece a todos y reparte bendiciones como repartió el agua bendita hace unos instantes. Desaparece en el auge de las fotos y no lo volveremos a ver. Todos quieren las muchas fotos en el altar, con el cuerpo de Cristo crucificado sobre los rostros de los jóvenes ilusos (llenos de ilusión, también) y congregados con los familiares en distintas combinaciones porque finalmente estamos unidos pero no revueltos, y seguramente necesitaremos recordar cómo se veía cada uno por separado. También se inaugura la primera ronda de agradecimientos y abrazos acompañados de saludos gustosos. 

   Después de tan larga misa salimos a la calle, donde al parecer llovió. Ahí se suscitan las opiniones de finalización, esas que poco te dan ganas de regresar a los caminos de la religión, pues, como si fuera concurso de qué padre fue mejor si el de los XV años o el del bautizo o el de la graduación, comparten sus puntos de vista y señalamientos a cómo debería de ser la misa perfecta, esa que no los haga caer en tentación de hacer todo menos poner atención al padre. 

   Finalizamos con lo mismo con lo que se llega a una misa, una cruz en la frente dibujada con los dedos antes de entrar y la misma cruz al salir, con murmullos que interpreto y traduzco en un: ‘amén”. 

Lord Bastian Marek






Entrenamiento de la fuerza en los 800 metros planos

  Entrenamiento de la fuerza en los 800 metros planos Mario Morales El atletismo es una de las disciplinas de más antigüedad, no sólo como p...